
DeWall + Intramurs
Del 7 al 16 de Noviembre, se celebra “
Intramurs. Festival per l’art a València”, proyecto
ideado para promover y difundir el arte contemporáneo en el centro histórico de Valencia,
delimitado por las antiguas murallas de la ciudad, y elegido por la organización del Festival por
su continuo movimiento cultural y social.
DeWall se incluye en su programación mostrando la propuesta expositiva seleccionada por el
equipo de ArtClub y, albergando también la obra de distintos artistas designados por la
organización de Intramurs. DeWall ofrece, así, una metáfora de lo que la València Vella
representa como lugar de encuentro, cultura ecléctica, tradición y experiencia. DeWall es un
espacio con una gran carga histórica. Situado en la parte más antigua del centro histórico,
conserva todavía notables elementos de su construcción gótica primaria. Un espacio de
contrastes, innovador y singular, idóneo para esta cita con Intramurs y con el arte.
Junto a los artistas Rebeca Plana, Lidó Rico, David Sardaña y Javier S. Jiménez, propuestos por
ArtClub, se muestra también la obra de los artistas escogidos por la organización del Festival:
Orlando Britto, María José Planells, Rocío Villalonga Campos, Vitaminarte, Sonia Tarazona
Caudete y Luis Rivera Linares. Todos ellos expondrán sus obras en las instalaciones de DeWall,
configurando un entramado heterogéneo y representativo de lo que el arte actual ofrece al
panorama artístico del momento. Sin duda, una ocasión única para disfrutar de nuestros artistas
coetáneos y de todo lo que es capaz de albergar, entre sus muros, esta zona histórica,
emergente y cultural de Valencia.

Rebeca Plana: pintar desde el estómago
(Albalat de la Ribera, 1976), es una creadora plástica con un marcado
carácter investigador. Su trayectoria artística, es ya muy reveladora en tanto que pone de
manifiesto su incansable e insaciable necesidad por hacer, por buscar e ir siempre más allá en
sus postulados creativos. Partiendo siempre del hecho pictórico, se adentra en la
tridimensionalidad para ofrecernos una visión matérica, llena de gestos, texturas y
profundidades muy enraizadas con su potente y visceral manera de entender el mundo, al ser
humano y a ella misma.
En sus obras vemos gestualidad, trazos que provienen de un inconsciente libre y, aún así,
expuesto a un riguroso análisis de la psique humana. Rebeca Plana profundiza en la vivencia,
busca el equilibrio interno y mental, de un modo totalmente orgánico, sincero y casi animal. Es
revelador descubrir en sus colores, en sus gestos y en el movimiento de su pincel, ese algo que
nos envuelve y arrastra más allá del hecho pictórico, que nos remite a la eterna lucha entre el
ego y la sublimación.
Plana es, sin duda, una artista pictórico-objetual. Su visión del objeto-lienzo, muestra al objeto
como superficie de lo pictórico, traspasando los límites matéricos de igual modo que atraviesa
los conceptos teóricos de su investigación: incidiendo más en lo vivencial de la experiencia
humana, que en las consecuencias a las que, dicha experiencia, avoca al ser humano.
La obra de Rebeca Plana es sincera y directa, porque ella misma lo es. Su discurso, vivencial,
expresivo y de acción, se puede tocar en sus obras; casi podríamos ver cómo se escapan de los
soportes que utiliza, cada vez más objetuales, cada vez con más presencia. Sus colores nos
salpican, nos tocan y nos hieren porque, en ese universo que la artista plantea, donde muestra
ese lugar incontrolado repleto de sombras, existe la posibilidad de la luz.
Jaques Lacan decía que el “Yo” –la personalidad del ser humano– ocupaba el lugar del
desconocimiento. Rebeca Plana ahonda en los conceptos humanos desde la honesta
convicción que son imperceptibles, que una masa informe los define y que eso es, en efecto, la
realidad. Sin duda, estamos ante una creadora lúcida en sus postulados teóricos y veraz en sus
acciones; y su visceralidad, sus luces y sus sombras, no hacen más que potenciar la fuerza de su
obra.
Javier S. Jiménez: residuo como generador de acción.
Quizás, lo más esencial en la obra del artista plástico Javier S. Jiménez, sea su visión de
“enlace de residuos”. Visión que ha destilado al aislar, de un modo muy interesante, la
conectividad de las acciones dentro de un sistema: acciones, funciones y residuos se suceden
performativamente en los sistemas por los que los seres vivos logramos subsistir, por ejemplo.
La mayoría de sus piezas son cajas en las que se muestra un sistema dónde hay un proceso, una
producción, una tarea que, como organismo o como mecano, alterna contenidos y
contenedores; residuo en acto o en potencia. Ser residuo o ser generador del mismo son
funciones dentro de la performance magnífica que es la vida y de las distintas réplicas de ésta
en todo cuanto el ser humano como artífice fabrica. Todo es un entramado orgánico o
mecánico; natural o artificial y se descubre siempre en ellos al sistema.
Si el vapor de agua fuera rosa y el agua un fluido luminiscente, tendríamos, por ejemplo, algo
parecido a una máquina de vapor expuesta como pieza de “enlace de residuos”. Sin duda, se
distanciaría mucho de una decimonónica máquina de vapor auténtica, pero las piezas de
nuestro artista no son reproducciones en miniatura ni de máquinas concretas, ni de órganos, sino
que son una representación de la noción de sistema.
“La libertad no existe, estamos encerrados en un cuerpo, llenos y saturados con ideas
sospechosamente personales. Estamos totalmente adulterados y pienso que ser capaces de reconocerlo es
al menos un principio.” Lidó Rico. Exvotorio 2006.
El rasgo performativo de las esculturas del artista murciano Lidó Rico (Yecla, 1968) es el
sello personal de su estilo. Partiendo de una concepción del arte como experiencia, su
disciplinado proceso de creación implica acción, vivencia, no representación. Por lo menos no
en un primer momento. Sumerge su cuerpo en la materia, todavía blanda, para obtener un
molde que posteriormente rellenará de resina de poliéster.
Su dualismo antropológico como pensador intuye “el cuerpo como cárcel del alma”. Y Lidó Rico
fuerza el suyo propio para lograr trascenderlo y convertirlo en el medio a través del cual –y
ahora sí hay representación– hacer visible lo que anímicamente está preso en su interior; en el
interior de todos nosotros. Es a través del cuerpo como materia que se logra representar una
vida emocional inmaterial. Esta vivencia real que está latente dentro del cuerpo, ve la luz en
forma dramática y denuncia ya, con su sola presencia, una realidad tanto personal como
colectiva que solemos disimular: el embrutecimiento al que somos sometidos por la costumbre
impuesta, la inautenticidad y la carencia de libertad.
La agonía que esto produce en nosotros, la impotencia una y otra vez vivida bajo la
administración sistemática de una racionalidad de la que somos víctimas, nos aliena de tal
modo, que sería necesario gritar toda la eternidad para aliviarnos. ¿De verdad que estamos
enfermos o atrapados hasta este punto? En opinión de Lidó Rico sí, lo estamos. Y se ve impelido
a expresar o conjurar este estado de cosas. Por ello nos gusta ver en sus esculturas un parecido
con la danza performativa japonesa, Butoh, de la década de los cincuenta. Ambas tienen una
belleza enigmática por su forma grotesca, absurda, terrorífica, violenta y demencial de soportar
la verdad. Los personajes de Lidó Rico como los bailarines butoh, son fantasmas a los que les
damos la oportunidad de aparecer para procurarnos una terapia eficaz contra la ignorancia
lacaya.
(Murcia, 1973), es un artista y fotógrafo afincado en l’Albufereta
(Alicante). Licenciado en Filología Hispánica, se dedica profesionalmente a la fotografía
comercial, la cual compagina con la artística, llevando a cabo diversos proyectos de
naturaleza expositiva.
Su último proyecto, “Racionalismo Levantino”, es un trabajo conjunto que desarrolla con el
ilustrador Íñigo Lanz, en el cual nos acerca al movimiento del Racionalismo arquitectónico,
surgido a principios de los años 20, en Alemania. Aplicado normalmente a la arquitectura, este
Racionalismo fotográfico fue denominado la Nueva Objetividad, y se caracterizaba por su
acercamiento fiel a la realidad, con una visión limpia y clara. Esta visión pone en realce la
mirada del fotógrafo, que se convierte en el encargado de documentar, encuadrar y
seleccionar todo lo observable.
Con un posicionamiento estético, pero siempre analítico y didáctico, Sardaña nos sumerge en
este “Racionalismo Levantino”, para representar el estado actual de la arquitectura de los años
60 y 70, en las zonas costeras del Levante, y plasmar todos aquellos detalles y encuadres que la
convierten en algo único y diferente, susceptible de ser observada, analizada y servir como
inspiración.
Se trata de una revisión estética de una parte de la arquitectura alicantina, bastante denostada
a nivel social, a la cual se siente unido desde un plano emocional, pues atiende a un paisaje
que conoce muy bien y que tiene interiorizado desde que era un niño. No es de extrañar, por
tanto, que perciba la belleza en cada uno de los detalles que su objetivo capta. Ese vínculo
emocional, nada tiene que ver con los motivos que propiciaron aquella construcción
desmedida ni con el boom turístico y urbanístico que supuso, sino que provienen del interés de
Sardaña por los espacios y cómo el ser humano es capaz de habitarlos. Del mismo modo que el
Racionalismo arquitectónico internacional, defendía la geometría, la sinceridad de los
materiales y la sencillez decorativa, “Racionalismo Levantino” ofrece una reivindicación lúcida y
emocional de lo que supuso y todavía hoy transmite, aquella arquitectura.
David Sardaña es un creador vital y apasionado, de una gran coherencia artística, a quien le
interesa más hacerse preguntas que responderlas. Tal vez por ello, logra captar con su cámara
todo aquello que su mirada es capaz de absorber; recoge todos los detalles y los plasma para
que podamos disfrutarlos.
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