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“Me observo de niño mirando las golondrinas en primavera, las bandadas de pájaros realizando acrobacias dibujando formas elegantes en constante movimiento, llenas de ruidos. Embelesado por el espectáculo, resulta imposible apartar la mirada de esa sublime armonía de la naturaleza”. Anónimo
Frente al papel en blanco, necesitado de inspiración, me muevo perezoso sobre la mesa. Ansioso, lanzo en una bola la hoja limpia a mi papelera en forma de cesta. No entró.
El trabajo del artista contemporáneo requiere cierta dosis de dolor, sufrimiento premeditado, el vislumbre de su herida profunda para ser auténtico y significativo. La vida tranquilizante, la vida segura, resulta insípida; larga, pero carente de valor. No digo que debamos jugárnosla a cada instante; pero tampoco perderla frente al televisor, el móvil, el entretenimiento inútil, o el mal pasatiempo.
De una u otra manera, me observo rechazando de forma generalizada el miedo al dolor, físico, psíquico, a la frustración, a la incomodidad, a lo negativo. Este repudio ha esculpido individuos hipersensibles poco preparados para afrontar la adversidad, el conflicto, incluso la crítica constructiva. Individuos narcisistas dentro de una sociedad hedonista. ¿Cómo lo identificamos?
Habitualmente nos encontramos buscando la comodidad, evitando experiencias desagradables, tapando nuestros temores, mirándonos a nosotros mismos sin pensar en el Otro. Habitualmente, fruto de ese narcisismo, nos encontramos sintiendo los mejores deseos para los demás, mientras procastinamos nuestras mejores acciones. Una bruma deforme en nuestra mente desea una sociedad mejor. Pensamos de nosotros mismos que somos buenas personas. No podría ser de otra manera; también lo pensaba Stalin, Hitler o Pol Pot. Lo que acaba por conducirnos a una especie de infantilización social, donde se espera una vida libre de obstáculos y sufrimiento. Otra dificultad para el desarrollo de nuestra fortaleza mental. Me pregunto si será culpa de la pantalla. La tecnología deja en evidencia nuestra falta de madurez. En apariencia, nos encontramos a niños educando a niños. Niños legislando para niños, y niños informando a niños. Individuos actuando de forma instintiva, de forma automática, como robots autodirigidos.
“Extracto de: Abate Bussoni, «DE LO BUENO, LO BELLO Y LO VERDADERO DEL ARTE CONTEMPORÁNEO». Texto completo disponible en el nº 26 de la revista ARTNOBEL Inspiration Review of Contemporary Art, diciembre 2025”
