¿Puede el dibujo nacer de la ceguera?
Hay libros que se leen con la razón, otros con el corazón… y unos pocos, como «Memorias de ciego: Del autorretrato y otras ruinas», con la mirada, esa que se atreve a perderse para encontrar algo más.
Derrida no escribe sobre dibujo, sino desde el dibujo. Lo hace con el filo de una pregunta: ¿qué ve un dibujante cuando dibuja? ¿O más bien, qué no ve? Partiendo de esta premisa, el filósofo francés construye un ensayo donde se cruzan imágenes, historia del arte y pensamiento, desdibujando las fronteras entre el mirar y el imaginar.
Es un texto que se lee lento, como se recorre una galería en penumbra. Aparecen nombres como Delacroix, Rembrandt o Degas, pero no para ser ilustrados, sino para ser interrogados. Derrida los usa como espejos de una idea mayor: la ceguera no es una limitación del arte, sino su condición más radical.
«Memorias de ciego: Del autorretrato y otras ruinas» es para quienes sienten que hay algo invisible en cada trazo. Para quienes se preguntan, una y otra vez, qué vemos cuando creemos estar viendo.
Y, créanme, después de leerlo, no se vuelve a mirar un dibujo, ni una línea, de la misma manera.

