“Al adentrarnos en el universo tenemos que afrontar la realidad de los viajes estelares, tenemos que transcender nuestra propia existencia. Tenemos que pensar no como individuos, sino como especie…
No entres dócilmente en esa buena noche.” Profesor Brand en Interstella
En el colegio aprendimos del Románico sobre sus trazos burdos, mucho más que el Gótico, porque los pintores no empezaron a dibujar bien hasta el Renacimiento. Ahora somos conscientes de nuestro error. Los pintores del Románico conocían muy bien las claves de la percepción para llegarnos al alma. Para conectar con el ícono, con la imagen; sólo era necesario el tembloroso resplandor de las velas, establecer comunicación, y dialogar en penumbra con la Virgen.
Las cosas más excitantes se muestran en los patrones de la belleza. La belleza es el principal generador de adicción. Para dar sentido a la adicción, cambiamos nuestros códigos de la belleza y comprendemos que si la belleza exterior no se vuelve belleza hacia adentro, genera dependencia, porque es la adoración de la apariencia, de la forma. Y cuando adoro una apariencia, una forma, estoy en regresión, retrocediendo en mi desarrollo. Cuando adoro la belleza no sólo afuera, la belleza me conmueve. Entonces la estética se hace universal.
Ahora, hablemos del Reggeton. No exige talento de sus artistas, sólo necesita una buena cantidad de seguidores, letras atrevidas, momentos picantes. Y funciona. Pero ese público poco exigente que les permite ser menos creativos, menos talentosos, ahorrando horas en busca de algo excelente, letras con significados profundos, perfectos para una canción. Poesía. No malgastan su tiempo trabajando para realizar algo magnífico, algo digno. Sólo se busca la rentabilidad, la superficialidad, lo inane, sin alimento. Hagan lo que hagan, la gente lo consumirá sin criterio, o este criterio es extremadamente superficial.
Fragmento de la editorial de Abate Bussoni, publicada en la revista #23 de ARTNOBEL Inspiration Review of Contemporary Art protagonizada por Erik Parker.
Imagen cortesía: © Máxima Romero. «Papaver Rhoeas L», 2024. Acrílico sobre algodón rizado, 25 x 25 cm.

