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Anoche, en el Teatro Goya de Barcelona, sucedió algo poco frecuente, extraordinario: el telón se alzó con una puntualidad casi ceremonial, como si el respeto por el tiempo del espectador formara ya parte del propio espectáculo. Ese gesto, aparentemente menor, predispuso el ánimo para lo que vendría después: una velada de teatro en estado puro.

Camino a la Meca, del dramaturgo sudafricano Athol Fugard, se despliega con la delicadeza de quien no necesita alzar la voz para decir mucho. Bajo la dirección precisa y sensible de Claudio Tolcachir, la escena se convierte en un espacio íntimo donde cada silencio respira y cada palabra encuentra su peso justo.

Pero si algo sostiene y eleva la función es su reparto. Y aquí es imprescindible detenerse en la inmensa Lola Herrera: su presencia en escena no solo conmueve, sino que recuerda por qué sigue siendo una de las grandes damas del teatro. A sus 90 años, su interpretación está llena de verdad, de matices, de una fragilidad poderosa que atrapa sin artificios. Es, sencillamente, un privilegio volver a verla sobre las tablas, y una oportunidad que no debería dejarse pasar.

A su lado, Natalia Dicenta aporta una energía cálida y firme, que equilibra y acompaña con una naturalidad profundamente emotiva. Y Carlos Olalla completa el triángulo con una presencia contenida y precisa, que enriquece el tejido emocional de la obra.

Sin desvelar sus giros, basta decir que la pieza es, ante todo, un canto a la amistad profunda, a esos vínculos que nacen entre almas libres y que encuentran en la diferencia no una barrera, sino un lugar de encuentro. Hay en ella una reivindicación silenciosa de la autenticidad, de la necesidad de ser uno mismo incluso cuando el mundo invita —o presiona— a lo contrario.

Al salir del teatro, quedaba la sensación de haber asistido a algo íntimo y valioso, casi confidencial. Una de esas funciones que no necesitan estridencias para permanecer, porque se instalan suavemente en la memoria y desde ahí siguen hablando, mucho después de que las luces se hayan apagado. Y, sobre todo, la certeza de haber sido testigo de algo irrepetible: el arte vivo de una gran actriz en pleno vuelo.

Imágenes cortesía: Teatro Goya. «Camino a la Meca» hasta el 24 de de mayo de 2026