La artistas vanguardista Rebeca Plana, el 6 de septiembre inaugura la exposición «Noticias de ninguna parte» en la Galería Punto de Valencia. 
Aquí nos deja este texto compartido con su colega y amigo David Curto.

Nosotros no hemos sido  (hasta que se demuestre lo contrario).

A veces pasan cosas raras. Juntarse el hambre con las ganas de comer, la paz mundial, o una miss España capaz de localizar Myanmar en un mapamundi de Bilbao.
También puede suceder que dos individuos o espacios, destinados a combatirse acaben congeniando en concupiscente contubernio. Si esa concupiscencia resulta ser estética las cosas pueden complicarse hasta extremos insospechados.
Si tomamos al pie de la letra la célebre sentencia de que la verdad siempre es revolucionaria, la diminuta escaramuza plástica entre Rebeca Plana y la ciudad la ciudad fetal-fatal de Barcelona, empieza a agrandarse a pasos agigantados, es más,  podríamos llegar a afirmar que su progresión estético-geométrica crece a un ritmo propio del 6º Reich.
Veamos, ambos homúnculos mantienen una tenue joie de vivre más o menos jocosa, pero poco más podemos aportar en cuanto al interés de  semejante simbiosis. 
Porque, al fin y al cabo, si hablamos de artistas, el suelo se vuelve marismeño bajo nuestros pies, las certezas se funden, los logaritmos fallan.
Vamos a ver, Rebeca podría subscribir afirmaciones de este tipo:
“Esta pieza nos habla de la imaginación artística, la exaltación de la libertad y las fuerzas del inconsciente. Más que el rescate de una individualidad por una sociedad psíquicamente fragmentada, los principios antagónicos se adecuan en virtud de la función mediadora de la facultad estética, dimensión que reconcilia las dos esferas de la existencia humana -sensualidad y razón- separadas por el principio de la realidad, imposibilitado este para superar el eterno conflicto entre el yo y el ello.”
A su vez, Barcelona podría afirmar pendencias de la siguienta catadura:
“El arte me la suda, lo que me pone son los artistas” y a la vez:
“El título de esta serie de siete fotograbados remite de forma un tanto óbvia a la novela gráfica de Max Ernst “Une semaine de bonté”, salvo que, en el caso que nos ocupa, parece que la semana ha resultado un pelín aciaga (y ni mucho menos bondadosa) a tenor del cúmulo de desgracias que desfilan por esta semana gráfica con aires de aguafuerte dieciochesco. 
Sabido es que lo mejor que le puede pasar a una desgracia es “ser competencia de historiadores”, y es precisamente a ese sabor histórico a lo que nos remite de inmediato la calidez, la organicidad casi rancia de estas estampas un poco tramposas que juegan a ser lo que no son, a saber, documentos post-bélicos, o si se quiere, post-heróicos de un tiempo en que la imagen no era ni inmediata ni omnipresente, y en la que incluso la huella de un buril referenciando una victoria (bastante más a menudo que una derrota) ostentaba un estatuto de verdad, una veracidad, bastante más acusada de la que podemos atribuir a cualquier imagen digital de las que nos bombardean, a día de hoy, en el incesante telediario en el que se ha convertido nuestra cotidianeidad visual.



Será que nos hemos vuelto unos descreídos, sin embargo, en tiempos, horribles gigantes hollaron los caminos y exterminaron poblaciones enteras, provocaron naufragios y perdieron batallas ante innombrables y arcanas criaturas sospechosamente parecidas a artistas o estadistas de nuestra más rabiosa actualidad, y todo ello no resulta ni más ni menos verosímil que la permanente y voraz agitación destructiva que caracteriza a los humanos del siglo XXI y a las representaciones que los mismos hacen de ello.
En cierto modo la violencia es como la energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, de la misma manera que se transforma su representación con la permanente y sibilina intención de minimizar el rechazo de la población hacia la misma. De otra manera, ¿Quién aplaudiría el emprenderla a misilazos, por muy inteligentes que sean, contra el dictadorzuelo o la población revoltosa de turno? (A nadie le gustan los higadillos cuando salpican).
Estas piezas remiten a un estadio adánico por lo que se refiere a estas representaciones de conflicto, persiguen, mediante una regresión técnica, situarse en una tierra de nadie por lo que atañe a la interpretación o a la lectura del “desastre”, proyectan un extrañamiento por lo que respecta a un género plástico.
Tenía que ser más breve (y bastante más buena) pero me cuesta concentrarme.
Será por la nieve televisiva tan habitual en las actuales “pinturas de batalla”, que me tiene frita. O por la princesa del pueblo.”
En cualquier caso, nunca es ORO todo lo que reluce, o no todo el monte es orégano, o incluso, matadlos a todos que DIOS  escogerá a los suyos.
Hablando en plata, ¿Pueden la suma del gesto sincopado de un desequilibrio diagnosticado y la mala idea sibilina, literal, hasta vulgar, de una pendencia politoxicómana generar algo más allá que confusos farfulleos?
O a lo mejor un temblor físico y otro psíquico son capaces de devenir en agitación vudú o baile de salón aceitado con aspiraciones de victoria. 
O en algo que puede resultar de interés.
(Ambos vivieron antaño en el siglo XX, pero esa es otra historia.) Barcelona imprime malos rollos, Rebeca Plana pinta malos rollos.